lunes, 8 de enero de 2018

Mundo obsoleto, mundo de usar y tirar

Un monstruo se nos ha comido el tiempo en que relojes, radios o televisores se reparaban. Los oficios derivados de la reparación de máquinas, útiles del hogar y prendas de vestir han pasado a extinguirse casi por completo. El monstruo llegó con ansias depredadoras y un nombre poco amable: sociedad de consumo extremo. La fórmula que garantiza su sustento tampoco tiene una denominación fácil: obsolescencia programada. 

Hay quien dice que moriría de no tener su ración diaria de chatarra.

Obsolescencia programada


Podríamos decir que se parece a Sulley, el asustador profesional de la película Monstruos, de Disney: tamaño enorme, rugido feroz, peludo y con debilidad por los chistes. Pero no es así exactamente: este monstruo demanda toneladas de alimento diario que nos agradece generando más y más productos que no necesitamos. 

Esa y no otra parece ser la razón de que todos aquellos artilugios que nos facilitan la vida se sigan estropeando y cada vez a mayor velocidad. En realidad, como buen monstruo que es, piensa en sí mismo, no en nosotros. 

Vamos a tener que reconocer que es menos dulce que Sulley.
Y si algo está programado para ser usado por un corto espacio de tiempo, ¿seguirán teniendo sentido los servicios técnicos?

Cuidar, mimar, reparar


Retrocedemos hasta los albores del siglo pasado y aún más atrás, a las postrimerías del siglo XIX, a un mundo de cuidar, mimar y reparar. Y nos fijamos en un objeto que es símbolo de ideas, innovación y brillantez, de nombre familiar y fácil de decir: bombilla. Nadie podía predecir entonces que este modesto artilugio sería la primera víctima de ese monstruo que por aquel entonces estaba a punto de ver la luz (la de nuestra popular lamparita). 

En 1871 la meta de los fabricantes era alargar la vida de sus bombillas con un filamento de gran estabilidad. Imposible oponerse este loable propósito; de hecho, debería ser la máxima de cualquier empresa orgullosa de sus fabricados. 

Durabilidad bombillas


Sin embargo, las cosas no van a ser exactamente así, aun cuando podemos avanzar hasta 1972 y desplazarnos al parque de bomberos de Livermore, California. Allí, una bombilla funciona sin interrupción desde 1901. La imagen puede verse en Internet durante 24 horas al día: fue creada en Shelby, Ohio, hacia 1895. Se agotan las webcam que la graban mientras ella sigue retando al tiempo y luciendo como la estrella que es. 

En esa prospección hacia el primer cuarto del siglo pasado, visitamos Ginebra, 1924, y nos colamos en una reunión de caballeros. Es un club selecto, tanto que está a punto de transformarse en un cártel con un objetivo inquietante: controlar la producción mundial de bombillas y repartirse el pastel del mercado internacional.

Controlar al consumidor


Pero no nos anticipemos. Puede que vayamos a tener bombillas que duren para siempre y que sea eso lo que buscan proteger. El club se llama Phoebus y lo forman los principales fabricantes de bombillas de Europa, EE. UU., y colonias de Asia y África. Van a intercambiar patentes, garantizar productos de calidad, así como mejorar el rendimiento de la industria de la luz, aumentar el consumo de bombillas. Parece un buen presagio.

Sin embargo el proyecto tiene una cara oculta: con estas medidas esperan duplicar su negocio en cinco años. De forma tácita ‒no expresada en sus documentos‒ pretenden controlar al consumidor, forzarlo a que compre bombillas de forma regular, imponer la producción y el consumo. 

Con unas bombillas de 2500 horas de durabilidad que son el orgullo de sus fabricantes, Phoebus ordenará un límite: 1000 horas. 

A partir de ese momento, los fabricantes centrarán sus esfuerzos en hacer bombillas más frágiles y someterán a controles exhaustivos las muestras de cada serie producida. La burocracia que crea Phoebus es sofisticada y persigue que nadie se desvíe de los objetivos bajo pena de severas multas. 

Pioneros de la obsolescencia programada


Promovido por William Meinhardt, presidente de Osram en Alemania, y otras compañías como Philips en Holanda y Lámparas Zeta en España formarán parte del Comité de las 1000 horas. En dos años, de 2500 horas se había pasado a 1500 y en los años 40, el cártel había logrado su objetivo de ver cristalizadas en 1000 horas la durabilidad de las bombillas estándar. 

No existía la conciencia de que el planeta contaba con recursos finitos, sino que se presumía una fascinante perspectiva de abundancia ilimitada.

Dieciocho años después, el gobierno americano demanda a la compañía General Electric y a otros fabricantes. Su acusación: reducir la vida útil de las bombillas, fijar precios y ejercer competencia desleal. El cártel queda al descubierto. Sin embargo, será tras once años de litigio (1953) cuando la sentencia prohibirá restringir la vida útil de las bombillas, aunque en la práctica no tendrá apenas efecto. Se experimentará y se patentarán nuevos modelos ‒uno de ellos prometía 100 000 horas de duración‒, pero no se llegarán a comercializar.

El monstruo cambiará su nombre por otros más neutros, pero su idea de fondo seguirá vigente. Entiéndase que decimos monstruo por sus efectos posteriores, con independencia de que los miembros del cártel fueran los pioneros de la obsolescencia programada.

Una razón filantrópica a favor de la obsolescencia programada


La crisis de 1929, con el desplome de la bolsa de Wall Street, jugó una baza ineludible en torno a la durabilidad recortada de los productos y a toda esta trama; trama que queda ligada al hecho de la revolución industrial y la producción en serie de los productos. Lo que ha pasado a la historia con el nombre de La Gran Depresión se llevó por delante una parte sustancial de la economía norteamericana provocando el empobrecimiento de la población. El presidente Hervert Hoover trató de combatirla incentivando el empleo y maximizando los beneficios con la ley arancelaria Hawley-Smoot para tratar de mitigar sus efectos.


Reparaciones de productos electrónicos

Aquí encontramos una razón de sustento filantrópico para impulsar medidas proteccionistas. Su máxima es: un poco más nuevo, un poco mejor, un poco antes de lo necesario, y el objetivo de fondo, salvar al país, proteger la economía interna. Ahora bien, lo que en un primer momento pareció ser una salida eficaz para la agricultura y la industria, tuvo su contraparte negativa por la reacción internacional, que gravó a su vez con aranceles altísimos los productos que llegaban de EE. UU.

Que sirva este pequeño repaso histórico para recordar que la obsolescencia programada no es algo nuevo. ¿Quién podía sospechar entonces que acabaría derivando en una forma generalizada de abuso comercial? Ni el supuesto más descabellado concebía que se fabricarían máquinas buenas con fecha de caducidad.   


Una durabilidad cada vez menor


Aun sin haber oído hablar de ella, todos hemos podido constatar que la durabilidad de los aparatos es cada vez menor, la ropa cada vez menos resistente, los útiles cada vez más frágiles. Puede que a los fabricantes les vaya bien, pero al consumidor le va cada vez peor. La Fundación Energía e Innovación Sostenible Sin Obsolescencia Programada (FENISS) sostiene que una familia de cuatro miembros podría alcanzar un ahorro de hasta 50.000 euros a lo largo de su vida, si los electrodomésticos pudieran repararse o se diseñasen para durar más.

Pero ¿qué sentido tiene reparar nada cuando nos ofrecen productos nuevos, más eficaces y a menor precio? Pensemos solamente en cuánto nos dura un teléfono móvil hoy día: ni siquiera podemos hacer un recambio de batería cuando falla. La batería no está atornillada, sino pegada, y ahí está la paradoja: para atender una avería hay que destrozar el aparato en cuestión. Puedes echar un vistazo a este ilustrativo vídeo.

Con la ropa pasa tres cuartos de lo mismo: es muy posible que las camisetas de hoy tengan peor aspecto al poco de usarlas que las que comprábamos hace treinta años en el mismo comercio (si es que continúa existiendo).

Vivir sin consumir

No obstante, todos estos argumentos tienen su contrapartida. Pongámonos por un momento en un mundo en el que no fuera necesario consumir para vivir. Imaginemos qué pasaría con las industrias, con los empleos directos e indirectos (logísticos, administrativos, comerciales), con los precios.

Imaginemos un lote de bombillas como la de Livermore y una población surtida de ellas que, llegado el momento, dejaría de comprar: cada usuario tendría su propia bombilla de cien años de durabilidad. Los fabricantes tendrían que limitar sus plantillas a un modelo de baja producción que a duras penas soportaría los costes fijos. Los beneficios serían muy reducidos y la competencia, exigua. Un modelo de economía así podría derivar con facilidad en prácticas monopolistas. 

Consumismo y nuevas tecnologías


Somos consumidores, pero somos también personas que trabajan, que necesitan estar vinculadas al producto de su esfuerzo. Además, requerimos otro subproducto del trabajo: crear redes asociativas a través de él.

Al hilo de una durabilidad eterna se suscitaría además otra cuestión: vivimos en la sociedad de la imagen. Los productos van quedando anticuados al poco de ponerse a la venta. Lo saben muy bien los fabricantes, que apenas sacan uno, tienen ya otro en el horno. Es una variable de la obsolescencia: la obsolescencia psicológica, el apetito de lo nuevo, de lo que ofrece una satisfacción renovada. 


La labor de la publicidad y la responsabilidad del consumidor


La publicidad no es inocente y nos tiende sus tentáculos, aunque no de forma burda, sino subliminal: nos hace creer que ganamos en la imagen de los demás si exhibimos artículos caros y sofisticados. Con un coche mejor nos induce a sentir que nuestro prestigio social se refuerza. Vestidos con ropa de marca de los pies a la cabeza suscitamos envidia, nos sentimos triunfadores.

De manera que fabricar productos de resistencia y durabilidad eternas puede que no fuera tan buena idea.

Puede que la obsolescencia programada dependa en buena parte del consumidor y no de los fabricantes. Como afirma Kipp Stevens, hijo de Brooks Stevens, diseñador industrial y apóstol de la obsolescencia programada en la América de la posguerra, «nadie obliga al consumidor a ir a una tienda y comprar un producto. Va por propia elección».

Consumidores insatisfechos


El ritmo de vida de los años 50 sentó las bases de la sociedad de consumo actual. Se impuso la máxima de «libertad y felicidad a través del consumo ilimitado». Sin la durabilidad acortada de los productos no existirían los grandes centros comerciales, la industria, los diseñadores, dependientes, guardias de seguridad, arquitectos, limpiadores, recolectores de residuos. Millones de puestos de trabajo desaparecerían. Todo el crecimiento que hemos venido experimentando desde entonces tiene su fundamento en la obsolescencia programada. Podemos sostener sin caer en desatinos que el crecimiento es la piedra filosofal de nuestra economía. 


Consumismo para ser feliz

Un ordenador nuevo, un móvil de última generación, un pantalón de temporada, un robot de cocina con más programas que el anterior. Todo ello encierra la promesa de una cuota mayor de bienestar-felicidad. Un día triste se vuelve luminoso en un centro comercial, nuestro estado de ánimo se eleva y, por unas horas, los problemas quedan atrás. Nos sentimos en casa.
Tiene una contrapartida dolorosa: nuestros gastos se multiplican; enfrentarnos al saldo de nuestra cuenta corriente vuelve a deprimirnos. El recuerdo del vestido nuevo o del móvil nuevo reconforta, pero no dura. Al poco, la necesidad de volver a interesarnos en otro producto que restaure el ánimo regresa. El punto extremo es quien se obsesiona con tener el último modelo de lo que sea. No nos extrañemos: es cuestión de grado. Todos, en alguna medida, podemos reconocer ese deseo de que algo quede obsoleto para cambiarlo por un artículo nuevo.

La rueda no cesa. Pobre de quien no pueda subirse a ella.

El consumo como exponente


Todos participamos de esta falacia colectiva de consumo ligado a felicidad. Es el resultado de haber puesto en lo exterior y material el eje de nuestro bienestar. De forma contraria: hemos suplantado, inducidos por la máquina consumista y su vocero ‒la publicidad‒ el aprecio de nuestro sistema de valores y pensamientos por el interés de un nuevo móvil, un nuevo robot o un abrigo de marca.

Estamos atrapados en un estado mental que solo en alguna fantasía distópica podría haberse imaginado. De hecho, si la felicidad dependiera del nivel de consumo, deberíamos ser felices en grado máximo; en cambio, según revelan las encuestas, consumimos 26 veces más que en tiempos de Marx y no somos 20 veces más felices. Somos más ansiosos y dependemos más de objetos para salvaguardar identidades y autoestimas. Hemos olvidado que hay fuentes de satisfacción que no se agotan: las relaciones y el conocimiento.

Una práctica cuestionable


Cada tres minutos se crea un producto que es innecesario. Tenemos un planeta finito con unos recursos finitos. Todo es más barato a costa de esquilmar materias primas que escasean o que están a punto de hacerlo. 

En 1940 Dupont presenta una fibra sintética y revolucionaria denominada nylon, con aditivos que protegen de la luz ultravioleta. Poco después, diseñadores e ingenieros deben poner sus conocimientos al servicio de productos más frágiles: están obligados a eliminar esos aditivos o a variar su cantidad y composición para que el impacto del sol y del oxígeno los debilite; sin escándalo, poco a poco, los artífices de los fabricados van virando su conocimiento hacia la producción de artículos de menor calidad. No se trata ya de sentirse orgullosos de ella, sino de responsabilizarse de que los ciclos de vida se acorten. 

Ciclo de vida es un eufemismo de cuño reciente que significa obsolescencia programada. Es como se viene denominando a esta práctica en las escuelas de diseño e ingeniería actuales. En ellas se instruye al alumnado en términos de vida útil de los productos y se pone el eje en la estrategia de negocio del cliente.

Lo que convierte a esta durabilidad recortada en una práctica definitivamente perversa es la constancia de lo siguiente: solo en Europa estamos a punto de generar 12 millones de toneladas de residuos tecnológicos.

Comprar, consumir, tirar, volver a comprar


Llevamos años inmersos en un frenesí consumista cuya premisa es «comprar, consumir a velocidad y tirar para volver a comprar». Ante este panorama, la UE planea ya aumentar el reciclado y la reparación. Según recomienda la Eurocámara, las grandes marcas de la electrónica y la informática deberían estar generando ya productos con piezas fácilmente reemplazables; los usuarios, por su parte, tendrían que estar acudiendo a tiendas de reparación ‒oficiales y no oficiales‒, con sus aparatos informáticos, ropa, electrodomésticos y todo tipo de útiles en general. De hecho, las encuestas de la UE reflejan que tres de cada cuatro consumidores optaría por reparar antes que por comprar nuevo.
Las objeciones son, cómo no, el coste, la calidad de la reparación y el grado de profesionalidad que ofrecen los servicios postventa, que influyen y persuaden en favor de la adquisición del producto nuevo. 
Si somos honestos, es posible que aun cuando en la teoría estemos de acuerdo, algo haya en el fondo de la obsolescencia programada que nos induce a seguir comprando productos cuya durabilidad será similar a la de los que vienen a sustituir. Algo así como «lo que haga falta con tal de vivir a la última». El pensamiento es que los agoreros con pronósticos de desastres posteriores solo buscan aguarnos la fiesta. Lo nuevo nos estimula.

Pero desde una perspectiva menos subjetiva y más global: vivimos en un planeta cuya estabilidad está en crisis y con ella, nos guste o no, nosotros. 

La metáfora es: vamos montados a lomos de un “tiranotecnosaurio” que avanza a toda pastilla y nos conduce a darnos contra un muro o a despeñarnos por un precipicio. 

El debate está abierto


… y la balanza se inclina hacia la capacidad de repararlo todo. Nos cuesta tomar medidas mientras la basura no alcanza el portal de casa, pero quienes tienen perspectivas más amplias saben que el estercolero del mundo está ya abarrotado.
La picaresca en torno al desecho de basura electrónica funciona sin aparente dificultad: a Ghana, Sudáfrica, llegan cada día contenedores con un 80% de materiales imposibles de reparar y de ser reutilizados en los mercados de segunda mano; montañas de residuos que van alfombrando el país. Los jóvenes de familias pobres queman el plástico de los cables para obtener el metal. Los chatarreros lo compran y lo revenden a países en crecimiento como Dubai y China.
Cultura de la sostenibilidad


Desde Ghana, un ciudadano concienciado con esta nefasta realidad revela el sarcasmo: «Quieren cerrar la huella digital entre Europa y América y el resto de África, pero los ordenadores que mandan no funcionan». 

Tampoco hay en Ghana plantas de tratamiento de residuos y no les quedan lugares donde seguir poniendo más morralla.

El Parlamento europeo interviene



El Parlamento europeo insta a la industria de los Estados miembros a crear etiquetas específicas para todos aquellos productos que puedan repararse con facilidad. 

También a ampliar la garantía para los que sufren averías con más frecuencia de la deseable.

Como hemos señalado antes, estas medidas serán adoptadas de buen grado por quienes no persiguen de forma irracional el último modelo de cualquier producto; también por empresas cuyos fabricados sean susceptibles de repararse, motivadas por la obtención de beneficios fiscales. Es obvio que los frigoríficos de hace cuarenta años eran menos eficientes, así como los coches, que consumían mucho más combustible. El progreso en este campo ha sido notable y conviene reconocerlo. 

Lo que quizá no sea tan buena idea es fabricar productos de vida eterna mientras no cambiemos mentalidades, valores y estilos de vida. 

Negocio y sostenibilidad

La sensibilidad con el medio ambiente es creciente. Somos más conscientes de la imbricación que tenemos con el planeta, con sus posibilidades y su equilibrio. El petróleo es limitado y no tenemos sustituto.

Sostenibilidad


El heredero de la Philips holandesa que formó parte del cártel Phoebus asegura que hoy fabrica bombillas LED con una durabilidad de 25 años. Habla de un tándem que se refuerza y es la mejor base para cimentar una empresa: negocio y sostenibilidad. Afirma que si tuviéramos que imputar el coste real de los recursos utilizados a cada producto, incluido el transporte y el consumo de energía, los costes se multiplicarían por veinte o treinta. Una simple bombilla sería mucho más cara si su precio incluyera todos los costes ocultos: materias primas, emisiones de carbono, el impacto ambiental de la producción y el reciclaje.

Si se tomara en consideración, los empresarios de todo el mundo tendrían poderosos incentivos para fabricar productos que durasen siempre, como la asombrosa bombilla que luce en el parque de bomberos de Livermore.

Parece que lo saludable sería reestructurar nuestro pensamiento y replantear la ingeniería y la producción con un concepto nuevo: «De la cuna a la cuna». Si las fábricas funcionasen como la naturaleza, la propia obsolescencia quedaría obsoleta y fuera del debate.

Un tránsito necesario


El monstruo sería la memoria de un tránsito necesario, una amenaza que pudimos neutralizar.Un mundo obsoleto, un mundo de usar y tirar, de obsolescencia programada, al que logramos sobrevivir.

Debería ser así, porque no hay cuento que termine mal: cuando hablamos de medio ambiente la cabeza se nos llena de ideas que implican renunciar, recortar, reducir, pero si nos fijamos en la naturaleza, vemos que en primavera hay exuberancia, ni recortes ni reducciones. Y no engendra desechos. Las hojas caídas del otoño nutren a otros organismos. La industria debería imitar ese círculo ejemplar. Si produjéramos nutrientes, los productos de vida corta tendrían un nuevo papel y una nueva consideración entre nosotros.

Nuevo paradigma


Para ello es preciso rediseñar los procesos productivos, replantear la economía y los valores, hacer un cambio de paradigma. No hay otro modo de humanizar al monstruo.

Este proceso tiene un nombre: decrecimiento y reorganización de los modelos de producción.

Pero ¿de verdad podemos cambiar el rumbo de la historia, reflotar la filosofía del reparar y dotar de nueva vida a los servicios técnicos? ¿Podemos cambiar nuestro modelo de consumo, nuestra mentalidad de «comprar, tirar, comprar»?

La palabra la tiene el consumidor.